Jamás le conté a mi exmarido ni a su arrogante familia que, en realidad, yo era la única propietaria de la empresa multimillonaria para la que todos trabajaban.

Jamás le conté a mi exmarido ni a su arrogante familia que yo era la única dueña de la multimillonaria empresa para la que todos trabajaban. Para ellos, yo era solo una "pobre carga embarazada" que toleraban, hasta el día en que me echaron.

Me llamo Victoria. Tengo veintiocho años y estuve casada con Alejandro durante tres.

Me conoció cuando yo parecía una mujer común y corriente que trabajaba en una pequeña floristería en Coyoacán, Ciudad de México. Lo amaba de verdad, y cuando me propuso matrimonio, dije que sí sin dudarlo.

Lo que él nunca supo fue que la floristería era solo un pasatiempo.

Mi verdadera identidad es Victoria Altamira: la única heredera y directora ejecutiva oculta de Grupo Altamira Global, uno de los imperios inmobiliarios y tecnológicos más poderosos de Latinoamérica.

Mantuve mi riqueza en secreto porque quería algo real. Quería saber si Alejandro me amaba por quien era, no por lo que poseía.

Después de casarnos, discretamente conseguí que Alejandro fuera contratado como gerente sénior en mi empresa gracias a mis contactos de confianza. También ayudé a su madre, Doña Rebeca, a obtener un puesto de consultora.

Creían que todo lo que habían conseguido se debía a su propio talento.

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