El tiempo pareció ralentizarse. Vi girar las luces del techo. Vi alejarse el rostro burlón de Sylvia.
Mi espalda baja se estrelló contra el borde afilado de la encimera de granito.
¡CRAC!
No era el sonido de un hueso. Era el sonido de un impacto, profundo y sordo.
Caí al suelo con fuerza. Mi cabeza rebotó contra las baldosas.
Por un segundo, solo hubo conmoción. Luego vino el dolor. No en la espalda. En el útero.
Sentí como si algo se hubiera desgarrado.
—¡Ahhh! —grité, acurrucándome.
—¡Levántate! —gritó Sylvia, de pie frente a mí—. ¡Deja de fingir! ¡Ni siquiera te golpeaste la cabeza!
Entonces lo sentí.
Calor. Humedad. Empapando mi ropa interior. Extendiéndose por mis muslos.
Miré hacia abajo.
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