Contra los inmaculados azulejos blancos de la cocina de Sylvia, un charco de un rojo intenso se extendía rápidamente.
—La bebé… —susurré. El horror era absoluto. Me ahogó.
David entró corriendo a la cocina, seguido de Mark.
—¿Qué pasó? —preguntó David, molesto—. Oí un estruendo.
—Se resbaló —mintió Sylvia al instante—. ¡Qué torpe! ¡Mira este desastre! ¡Está sangrando sobre la lechada!
David miró la sangre. No se arrodilló. No gritó pidiendo ayuda.
Frunció el ceño.
—Dios, Anna —gimió David—. ¿No puedes hacer nada sin dramas? Mark, lo siento. Ella… está pasando por un mal momento.
Mark estaba pálido. —David, hay mucha sangre. Quizás deberíamos llamar al 911.
—¡No! —espetó David. —Nada de ambulancias. Los vecinos van a hablar. Acabo de ascender a socio; no necesito un informe de incidente doméstico.
Me miró. —Levántate, Anna. Limpia esto. Si sigues sangrando, iremos a urgencias.
—¿Urgencias? —exclamé, sin aliento—. David… ¡Estoy perdiendo al bebé! ¡Llama al 911!
—¡Te dije que te levantaras! —gritó David.
Me agarró del brazo y me jaló.
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