La continuación de la historia

Miguel se detuvo y miró a su hijo a los ojos.

—Mientras seas honesto, siempre te apoyaré.

Alejandro tragó saliva.

—Fue horrible cuando vació mi mochila delante de todos.

Miguel apretó la mandíbula, pero su tono se mantuvo tranquilo.

—Eso nunca debió haber pasado.

En la puerta, el coronel los alcanzó.

—El caso seguirá su curso por los cauces administrativos y académicos —explicó.

Miguel asintió. —Gracias, Javier.

—No me des las gracias a mí. Dale las gracias a las cámaras… y al hecho de que decidiste no pagar.

Una leve sonrisa cruzó el rostro de Miguel.

El sol de la tarde proyectaba un cálido resplandor sobre el patio mientras los estudiantes se alejaban, aún hablando de lo sucedido.

En el coche, el silencio se sentía más ligero; ya no pesado, sino aliviado.

—¿Tuviste miedo? —preguntó Alejandro.

—Sí —respondió Miguel—. Pero no por mí mismo.

Alejandro miró por la ventana.

—Yo también tuve miedo.

—Tener miedo no te hace culpable —dijo su padre.

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