No fue casualidad. Fue intuición.
La conversación que siguió nunca quedó registrada, pero las consecuencias sí. Alejandro cambió. Dejó de lado cualquier intento de reconciliación con su familia. Comenzó a reunirse con grupos rebeldes, con hombres libres de color, con antiguos esclavos. Su nombre empezó a circular en conspiraciones locales.
Para la familia Mendoza, aquello fue una traición imperdonable.
Pero para los esclavizados, fue algo más.
Fue una grieta en el sistema.
En 1831, estalló una revuelta en los valles de Aragua. No fue la más grande ni la más sangrienta, pero tuvo algo distinto: estaba organizada. Coordinada. Inspirada por alguien que conocía tanto el mundo de los amos como el de los esclavos.
Ese alguien era Alejandro.
El levantamiento fue sofocado rápidamente. Las fuerzas leales al nuevo orden republicano no toleraban amenazas internas. Alejandro fue capturado.
El juicio fue breve.
La sentencia, inevitable.
Pero antes de su ejecución, hizo una declaración que se transmitió en secreto entre los esclavizados de la región:
“Soy hijo de esta tierra, pero no de su injusticia.”
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