Y con la letra de Mauricio, cuatro palabras que me dejaron sin aliento:
“Mañana por la noche”.
En ese preciso instante, oí sus pasos acercándose por el pasillo…
y supe que lo peor aún no había comenzado.
PARTE 2
No grité.
No lloré.
Guardé el metal en el bolsillo de mi bata, vacié el vaso y dejé el collar sobre el mostrador como si nada hubiera pasado.
Mauricio entró, frotándose los ojos.
“¿Ya te lo probaste?”
Sin saludo. Solo el collar.
“Todavía no”.
“Póntelo hoy”, dijo. “Quiero que lo lleves puesto esta noche”.
Sus ojos recorrieron todo: el lavabo, mis manos, el mostrador.
Demasiado precavida. Demasiado tensa.
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