Le cedí mi asiento a una anciana en el minibús, y ella me susurró: «Si tu marido te regala un collar, mételo en agua». Esa misma noche descubrí que el regalo no era amor, sino una maldición.

Nada romántico.

Aumentado.

—Me lo probaré después —respondí.

Su sonrisa se tensó. —No tardes mucho.

Cuando él se fue al dormitorio, me quedé en la cocina, mirando el collar como si tuviera vida propia.

Entonces me acordé de la anciana.

Sintiéndome tonta, llené un vaso de agua y metí el collar dentro.

Esa noche no pude dormir.

A las seis de la mañana, un olor extraño me despertó: metálico, agrio, como a monedas mojadas.

Entré descalza a la cocina… y me quedé helada.

El agua ya no estaba clara.

Se había vuelto espesa y verdosa.

El colgante se había partido.

En el fondo del vaso había un polvo gris… y una tira de metal doblada.

Me temblaban las manos al abrirlo.

Era una copia en miniatura de mi póliza de seguro de vida.

Mi nombre.

Mi firma.

El monto de la indemnización.

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