Le cedí mi asiento a una anciana en el minibús, y ella me susurró: «Si tu marido te regala un collar, mételo en agua». Esa misma noche descubrí que el regalo no era amor, sino una maldición.

“Cenamos en casa. Ponte el collar. Quiero que estés guapísima”.

El plan estaba listo.

Le seguiría el juego.

La policía colocó dispositivos de grabación en el apartamento.

El collar fue reemplazado por una réplica de la caja fuerte.

Cuando entré al comedor, todo parecía perfecto: velas, vino, mantel blanco.

Como un aniversario.

Como una mentira.

Sus ojos se fijaron en mi cuello.

“Estás guapísima”, dijo.

No había amor en su voz.

Solo alivio.

La cena se prolongó.

Luego entró en la cocina, dejando el teléfono.

Vibró.

Apareció un nombre: Karen.

Desde la cocina, oí su voz:

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