Fui a cenar con mis padres. El océano brillaba bajo una puesta de sol dorada. La casa volvió a sentirse en paz.
Mi padre me puso una mano en el hombro. «Pensé que habíamos perdido este lugar ese día».
«No lo perdiste», le dije.
«Porque te aseguraste de ello».
Claire finalmente regresó, sola. Su matrimonio no sobrevivió. Meses después, pidió disculpas. No de forma perfecta, pero sí sincera.
Daniel nunca regresó.
Y la casa siguió siendo lo que siempre debió ser:
No una propiedad.
No un negocio.
Sino un hogar.
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