“Vamos, no seas tacaña. Nosotras tampoco somos ricas”. Saqué mi cartera y conté 1000 rublos, justo lo que costaban mi pasta y mi jugo. Los puse sobre la mesa y me levanté. Viktor me agarró la mano.
“¿Adónde vas? ¡Todavía no hemos pagado!”
Retiré la mano.
“Yo pagué lo mío. Tú pagas el resto”.
Salí del restaurante y paré un taxi. Salieron corriendo tras de mí, Viktor gritando:
“¡¿Qué estás haciendo?! ¡Nos engañaste!”
Me subí al coche y me marché. Esa noche, me envió un largo mensaje explicándome lo egoísta que era, cómo una mujer de verdad debería entender a los hombres y cómo les había arruinado la noche. Lo bloqueé.
La segunda cita: Contaba cada bocado
Un mes después, decidí darle otra oportunidad a las aplicaciones de citas. Conocí a Igor, de cincuenta y un años, abogado. Intercambiamos mensajes durante una semana y quedamos en vernos en una cafetería. Llegó puntual y parecía respetable. Nos sentamos y pedimos la comida. Yo pedí una ensalada y té. Él pidió sopa y puré de manzana.
Cuando llegó la comida, sacó una calculadora del bolsillo: una calculadora de bolsillo de lo más normal. La puso junto al plato. Me sorprendió.
“¿Para qué es esto?”
Respondió con calma y sonrió.
“Calcular quién debe qué. Estoy acostumbrado a ser preciso.”
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