—Sí.
—¿Es muy regañona?
Elise casi respondió que sí. Pero sonrió.
—Estoy intentando no serlo tanto.
Ana le entregó un dibujo: tres figuras tomadas de la mano bajo un sol enorme.
—Somos mi papá, usted y yo. Porque usted nos ayudó.
Elise sintió que algo se quebraba dentro de ella. No era debilidad. Era humanidad.
Tres meses después, Ana estaba sana.
Elise convocó a todos los empleados al salón principal del hotel en Paseo de la Reforma.
Subió al escenario.
—Durante años creí que el miedo era una herramienta útil. Me equivoqué.
El murmullo llenó la sala.
—He despedido personas como parte de una “prueba”. Lo llamé estrategia. En realidad, era crueldad disfrazada de disciplina.
Respiró hondo.
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