Legalmente tenían maneras de echarlo, sobre todo porque tenía impuestos atrasados y un préstamo antiguo que podía terminar en ejecución hipotecaria.
Yo no era rica, pero trabajaba en contabilidad. Al ver los avisos del banco, comprendí de inmediato que la deuda era la excusa perfecta para sacarlo de su casa.
Raúl no quería conflictos. Solo quería vivir en paz en su casa, leyendo bajo el limonero, en lugar de terminar solo en alguna institución mientras otros se repartían sus pertenencias.
Esa noche, mientras charlábamos tomando una sopa, le conté sobre mi infancia y sobre la temprana pérdida de mi madre. Me había prometido a mí misma que nunca ignoraría a alguien que se enfrentaba a la vida en soledad.
Y de alguna manera, sin planearlo, le sugerí algo inesperado. —Cásate conmigo —le dije—. Si soy tu esposa, les será mucho más difícil echarte.
Raúl me miró fijamente durante un buen rato. Le preocupaba que la gente hablara, que mi vida se complicara por sus problemas.
Pero para mí la casa no era solo una propiedad; era su historia.
Así que nos casamos en secreto en el registro civil un martes por la mañana. Dos vecinos fueron testigos. No hubo música ni grandes celebraciones, solo flores del jardín y la promesa de cuidarnos el uno al otro.
Para ver las instrucciones de cocción completas, ve a la página siguiente o haz clic en el botón Abrir (>) y no olvides COMPARTIRLO con tus amigos en Facebook.
