Julian continuó hablando con una crueldad indiferente.
—Para serte sincero, Charlotte, tu sencillez empieza a cansarme.
Sus palabras resonaron en la habitación como ceniza.
Lo que Julian no sabía era que el apellido de Charlotte conllevaba un legado mucho más antiguo y poderoso que su floreciente imperio tecnológico.
Era la única nieta de Richard Hayes, el magnate del acero cuya empresa había suministrado discretamente materiales estructurales para los rascacielos que Julian admiraba cada mañana desde las ventanas de su oficina.
Charlotte tomó la pluma.
Su mano no tembló al firmar el documento.
Luego colocó la pluma con cuidado sobre la mesa.
—No necesito tu dinero —dijo con calma.
Julian sonrió con desdén.
—Entonces considéralo un regalo.
Charlotte se puso de pie.
Antes de irse, se detuvo lo suficiente como para mirarlo directamente.
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