Dos guardias sujetaron los brazos de Grant. Forcejeó, gritando, deshaciéndose de los últimos hilos de su dignidad. Otro guardia se acercó a Brooke, quien se aferraba a su bolso, temblando.
"¡Celine!", gritó Grant mientras lo arrastraban hacia atrás. "¡No puedes hacer esto! ¡Soy tu esposo! ¡Me perteneces!"
"No eres dueña de nada", dije por el micrófono. "Ni de este puesto. Ni de esta empresa. Y mucho menos de mí".
El Descanso en el Estacionamiento
No me quedé el resto de la gala. No quería aplausos ni halagos. Quería aire.
Salí por una puerta lateral, flanqueada por seguridad.
En el estacionamiento, el colapso continuaba. Grant y Brooke estaban de pie en la acera. El esmoquin de Grant estaba arrugado. El rímel de Brooke le corría por las mejillas.
Cuando me vieron, la rabia de Grant se disolvió en una súplica desesperada.
Dio un paso adelante, pero los guardias lo bloquearon.
¡Celine! ¡Por favor! —suplicó—. Era una broma. Estaba nervioso. No lo decía en serio.
—¿Una broma? —pregunté.
—Sí. Te quiero. Intentaba encajar. Ya sabes cómo son. Lo hice por nosotros, por el ascenso.
—Lo hiciste por ti —dije, impasible—. Te avergonzabas de mí.
—¡No, nunca!
—Y tú —dije, girándome hacia Brooke. Ella se estremeció—. Me trataste como basura durante años. Gastaste mi dinero, te burlaste de mi ropa y esta noche intentaste humillarme.
—Estaba borracho —sollozó Brooke—. ¡No lo decía en serio!
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