Ya todo había quedado clarísimo.
Me metí al cuarto, abrí mi vieja maleta negra y guardé sólo lo indispensable: laptop, pasaporte, cargadores, joyero, documentos importantes y una carpeta que llevaba años en el cajón de mi escritorio.
La carpeta con mi contrato de arrendamiento.
Cuando volví a la sala, Fernanda ya había descorchado la botella y servido copas. Rodrigo estaba recargado en la isla de la cocina como rey de un territorio conquistado.
—¿Ya te vas? —preguntó ella, levantando su copa.
Los miré a los dos.
—Disfruten lo que queda —dije—. Porque en unos minutos no van a tener ni dónde sentarse.
Y salí del departamento.
Mientras bajaba al área administrativa del edificio, con la carpeta apretada contra el pecho, sentí una calma helada subir por mi cuerpo.
No podía creer lo que estaba a punto de pasar…
PARTE 2
La administradora del edificio, Patricia, estaba revisando renovaciones cuando entré a la oficina.
Levantó la vista, me reconoció de inmediato y supo que algo grave pasaba. Las mujeres como ella desarrollan un sexto sentido después de años viendo cómo la gente rica se destruye detrás de puertas elegantes.
—Necesito mi expediente del departamento —le dije.
Tecleó unos segundos y giró la pantalla hacia ella.
—Valeria Mendoza. Arrendataria única de la unidad 2407.
Asentí.
—Quiero cancelar el contrato hoy mismo.
Patricia arqueó apenas una ceja.
—Se puede hacer con penalización inmediata. Ya conoces el monto.
—Lo sé.
—¿Estás segura?
Pensé en Rodrigo sosteniendo la lista de gastos de su hermana como si me estuviera cobrando impuestos. Pensé en Fernanda destapando mi champaña en mi sala. Pensé en la frase: “tú pagas o te vas.”
—Completamente segura.
Patricia respiró hondo.
—Entonces, en cuanto firmes, todos los accesos ligados a tu perfil quedan desactivados. Amenidades, estacionamiento, tarjetas de entrada… todo.
—Perfecto.
—Y el ocupante que tenías registrado como invitado de larga estancia…
—Nunca estuvo en el contrato —dije.
Ella negó con la cabeza.
—No. Rodrigo Salazar sólo figura como residente autorizado por tu cuenta. Legalmente no tiene derecho sobre el departamento.
Ahí estuvo su error.
Rodrigo había olvidado un detalle fundamental: cuando se mudó conmigo, meses después de empezar la relación, yo le propuse agregarlo al contrato. Él se rio, me besó la frente y dijo que prefería esperar “a que se acomodaran unas cuentas”. Sonó responsable. Sonó maduro. Sonó temporal.
Y el “después vemos” nunca llegó.
Firmé sin temblar.
Pagué la penalización con mi tarjeta.
Vi cómo Patricia imprimía las hojas, las marcaba con pestañas de colores y me explicaba con voz impecable cada cláusula: entrega voluntaria, terminación inmediata, cierre de perfil, revocación de accesos, retiro supervisado de pertenencias para cualquier ocupante restante.
Leí cada palabra.
Siempre leo todo.
Firmé al final de la última hoja.
Patricia levantó el teléfono y dio la instrucción a recepción y seguridad.
—A partir de este momento, la unidad 2407 queda legalmente entregada.
Mi corazón no se aceleró. Al contrario: se acomodó.
—¿Quieres estar presente cuando les informen? —preguntó Patricia.
Sí, pensé. Quiero ver la cara de Rodrigo cuando descubra que llevaba meses construyendo un castillo sobre un piso que nunca fue suyo.
—Sí. Quiero estar.
Me senté en la sala de espera frente a los elevadores. Desde ahí veía la recepción, la puerta principal y el reflejo gris de la mañana sobre los cristales del edificio.
Entonces empezó a vibrar mi celular.
Rodrigo.
Una vez.
Dos veces.
Cinco veces.
No contesté ninguna.
Cuando por fin se abrieron las puertas del elevador, salió primero él, apretando el control de acceso con tanta fuerza que parecía querer romperlo. Detrás venía Fernanda con la botella de champaña en la mano, ya sin lentes, ya sin pose, ya sin color en la cara.
—Mi tarjeta no funciona —le gritó a recepción—. Arréglenlo.
El guardia de seguridad, un hombre alto llamado Marco, se acercó con calma.
—Señor Salazar, su acceso ha sido desactivado.
Rodrigo soltó una risa incrédula.
—¿Por quién?
Patricia salió de la oficina con mi expediente firmado.
—Por la administración.
Entonces me vio.
Y en su cara pasó algo hermoso.
Primero confusión.
Luego cálculo.
Después furia.
Y finalmente miedo.
—¿Qué hiciste? —me preguntó, acercándose.
Me puse de pie con mi maleta en la mano.
—Me dijiste que empacara. Sólo lo hice mejor que tú.
Fernanda dio un paso al frente.
—Valeria, ¿qué clase de locura es ésta?
Patricia respondió antes que yo.
—La señorita Mendoza, como arrendataria única, decidió terminar el contrato de la unidad 2407 con efecto inmediato. Todos los accesos asociados fueron cancelados.
Rodrigo abrió la boca.
—¡Yo vivo ahí!
—No legalmente —contestó Patricia—. Usted estaba registrado como invitado autorizado. Nada más.
Rodrigo volteó hacia mí, rojo de rabia.
—No puedes hacernos esto.
—Ya lo hice.
—Estás exagerando.
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