Sam sonrió con picardía. —Sí, eres la única en nuestra clase.
Dan se rió entre dientes, intentando aligerar el ambiente. —Me habría venido bien que me ayudaras con la declaración de la renta el mes pasado, Lizie. Sam casi nos hace perder la devolución.
—¡Papá! —gimió Sam, poniendo los ojos en blanco.
Después de cenar, Lizie se quedó de pie junto al fregadero, indecisa. Sam la interceptó, ofreciéndole un plátano. —Te olvidaste del postre, Liz.
Lizie parpadeó. —¿En serio? ¿Estás seguro?
Sam se lo puso en la mano. —Regla de la casa. Nadie se va de aquí con hambre. Pregúntale a mi mamá.
Lizie apretó el plátano con fuerza, sujetando aún más fuerte su mochila. —Gracias —susurró, como si no estuviera segura de merecerlo.
Se quedó un rato junto a la puerta, mirando hacia atrás. Dan asintió. —Vuelve cuando quieras, cariño.
Se le ruborizaron las mejillas. —De acuerdo. Si no es mucha molestia.
—Nunca —dijo Dan—. Siempre hay sitio en nuestra mesa.
En cuanto se cerró la puerta, mi voz se endureció. —Sam, no puedes traer gente a casa así como así. Apenas llegamos a fin de mes.
Sam no se movió. —No comió en todo el día, mamá. ¿Cómo iba a ignorar eso?
La miré fijamente. —Eso no…
—¡Casi se desmaya, mamá! —replicó Sam—. Su papá trabaja sin parar. Les cortaron la luz la semana pasada. No somos ricos, pero podemos permitirnos comer.
Dan le puso una mano en el hombro a Sam. —¿Hablas en serio, Sammie?
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