Ese lunes, Lizie estaba aún más pálida. Al sacar su tarea, su mochila se resbaló de la silla y se abrió de golpe. Papeles se esparcieron por el suelo: billetes arrugados, un sobre con monedas y un aviso de corte de luz con la inscripción "ÚLTIMA ADVERTENCIA" en rojo.
Una libreta desgastada se abrió, con las páginas llenas de listas.
Me arrodillé para ayudarla. "DESALOJAMIENTO" me miraba fijamente en letras grandes. Debajo, con letra pulcra: "Lo que nos quitan primero si nos desalojan".
"Lizie...", mi voz se quebró. "¿Qué es esto?"
Se quedó paralizada, con los labios apretados y los dedos agarrando su sudadera.
Sam jadeó. "¡Lizie, no dijiste que era tan grave!"
Dan entró. "¿Qué está pasando?" Vio los papeles.
Levanté el sobre. "Lizie, cariño... ¿tú y tu papá van a perder su casa?"
Miró al suelo, agarrando su mochila. "Mi papá me dijo que no se lo contara a nadie". Dijo que no era asunto de nadie.
—Cariño, eso no es cierto —le dije con suavidad—. Nos importa. Pero no podemos ayudar si no sabemos qué está pasando.
Negó con la cabeza, con lágrimas en los ojos. —Dice que la gente nos mirará diferente. Como si estuviéramos pidiendo limosna.
Dan se agachó a nuestro lado. —¿Hay algún otro sitio al que puedas ir? ¿Una tía o una amiga?
Negó con la cabeza con más fuerza. —Lo intentamos… pero no había sitio.
Sam le apretó la mano. —No tienes que esconderlo. Lo resolveremos juntos.
Asentí. —No estás sola, Lizie. Estamos juntos en esto.
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