Su felicidad parecía casi cruel. Le apreté la mano a Katie.
—¿Lista? —pregunté con voz débil.
—Creo que sí, mamá.
Dentro, el gimnasio rebosaba de color: serpentinas, globos rosas y plateados, un fotomatón lleno de accesorios divertidos. Música pop retumbaba en las paredes. Padres e hijas giraban bajo una bola de discoteca, con los zapatitos brillando.
Katie aminoró el paso al entrar.
—¿Ves a alguno de tus amigos? —pregunté, recorriendo la sala con la mirada.
—Están todos ocupados con sus padres.
Nos movíamos por el borde de la pista de baile, pegadas a la pared. A cada paso, la gente nos miraba: a mi sencillo vestido negro y a la sonrisa demasiado atrevida de Katie.
Molly, una chica de la clase de Katie, nos saludó desde el otro lado de la sala mientras su padre la hacía girar en un torpe vals. «¡Hola, Katie!», exclamó. Su padre nos saludó con un rápido y cortés asentimiento.
Katie sonrió, pero no se movió.
Encontramos un sitio junto a las colchonetas. Me senté y Katie se acurrucó a mi lado, con las rodillas encogidas, su insignia brillando bajo las luces de colores.
Observaba la pista de baile, con los ojos llenos de esperanza. Pero cuando empezó una canción lenta, el peso de extrañar a Keith pareció encogerla aún más.
«¿Mamá?», susurró. «Quizás… quizás deberíamos irnos a casa».
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