Mi hija fue objeto de burlas por estar sola en el baile de padres e hijas, hasta que una docena de marines entraron al gimnasio.

—Ojalá estuviera aquí, mamá.

—Lo sé, cariño. Lo deseo todos los días —murmuré, acariciándole el cabello—. Pero lo estás haciendo tan bien. Estaría tan orgulloso de ti.

Levantó la vista, con los ojos brillantes. —¿Crees que aún querría que bailara?

—Creo que querría que bailaras más que nunca. Diría: «Enséñales cómo se hace, Mariquita». Forcé una sonrisa mientras sentía un nudo en el estómago.

Katie apretó los labios, conteniendo las lágrimas. —Pero siento que todos nos están mirando.

El silencio a nuestro alrededor era denso; demasiada gente fingiendo no darse cuenta.

De repente, las puertas del gimnasio se abrieron de golpe con un estruendo que hizo que Katie diera un respingo.

—¿Qué está pasando? —susurró, agarrándose a mi brazo.

Doce infantes de marina entraron marchando, con sus uniformes relucientes y rostros solemnes. Al frente estaba el general Warner, cuyas estrellas plateadas brillaban con la luz.

Se detuvo frente a Katie, se arrodilló y sonrió con ternura. —Señorita Katie —dijo—. La he estado buscando.

Katie lo miró con los ojos muy abiertos. —¿A mí?

El general Warner asintió con afecto. —Tu padre nos hizo una promesa. Dijo que si alguna vez no podía estar aquí, sería nuestra responsabilidad representarlo. Pero no vine solo esta noche; traje a toda la familia de tu padre. Esta es su unidad.

Katie los miró sonriendo.

El general metió la mano en su chaqueta y sacó un sobre; la letra de Keith era inconfundible. Todo el gimnasio quedó en silencio.

—Vamos, cariño —susurré—. Tómalo. Es de papá.

Ella asintió y lo abrió con cuidado, desplegando la carta como si fuera algo sagrado. Sus labios se movían mientras leía, su voz apenas un susurro.

“Katie-Bug,

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