Tres noches después, me desperté bruscamente por un ruido extraño que venía de la habitación de Mason.
Me tomó un momento darme cuenta.
Me costaba entender lo que oía.
Entonces me di cuenta de que estaba vomitando.
Corrí por el pasillo y abrí la puerta de su habitación.
Mason estaba sentado al borde de la cama, temblando ligeramente, con la piel húmeda por el sudor.
Cuando le toqué el brazo, lo sentí inusualmente frío.
Demasiado frío.
Mi corazón empezó a latir con una urgencia silenciosa que reemplazó cualquier pensamiento tranquilizador que me hubiera dado el primer médico.
A la mañana siguiente volvimos al hospital.
La prueba que cambió el ambiente de la habitación
Esta vez, el equipo médico decidió realizar pruebas adicionales.
Análisis de sangre.
Una ecografía abdominal.
El médico lo explicó todo con una sonrisa amable que sugería que simplemente estaba siendo precavido.
«Solo queremos descartar cualquier complicación», dijo.
La sala de ecografías era pequeña y silenciosa, con paredes claras e iluminación tenue que hacía que el monitor brillante destacara en el centro de la habitación.
Mason yacía en una estrecha camilla mientras un técnico movía lentamente un pequeño aparato sobre su abdomen, extendiendo un gel frío sobre su piel mientras aparecían formas grises en la pantalla.
Para mí, las imágenes parecían sombras borrosas que se desplazaban por el monitor.
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