No era la ropa lo que me llamó la atención.
Era la mirada.
Ese pánico rígido. Esa costumbre de no llorar. Ese modo de hacerse chiquita para molestar menos.
Tiré de la manga de Catalina.
—Mamá… esa mujer no es su madre.
Catalina volteó. Observó un segundo. Su expresión cambió por completo. Se interpuso en el camino de la mujer justo cuando intentaba meterse a un callejón lateral.
—Disculpe —dijo con una firmeza helada—. ¿La niña está bien?
—Claro que sí. Es mi hija —respondió la mujer, nerviosa.
—Entonces explíqueme por qué está temblando así. Y por qué tiene esa marca en la muñeca.
La gente alrededor empezó a mirar. La mujer intentó jalar a la niña con más fuerza. Catalina alzó la voz.
—¡Llamen a la policía!
Dos comerciantes cerraron el paso. La mujer soltó a la niña y salió corriendo entre los puestos. La pequeña se quedó clavada en el sitio, llorando en silencio, igual que lloraba yo antes.
Me acerqué. Le limpié una lágrima con los dedos.
—Ya pasó —le dije—. Alguien te está buscando.
Y era verdad.
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