Mi madrastra me lanzó a la nieve para borrarme del mundo, pero entre fierros oxidados hallé el cartel de una niña desaparecida con mi mismo rostro… y ese papel arrugado abrió la puerta al abrazo que me devolvió la vida…

Catalina y Mateo me llevaron a su casa en Ciudad de Esperanza, lejos del pueblo, lejos del frío más brutal. Era una casa modesta, pintada de blanco, con macetas de bugambilia en la entrada y el olor constante de pan horneado impregnado en los pasillos. Cuando crucé el umbral me golpeó una sensación nueva: la de entrar a un sitio donde nadie estaba esperando el momento de lastimarme.

Catalina me enseñó una habitación amarilla, pequeña y luminosa, con una colcha bordada y una lámpara de mesa con pantalla de flores. De un cajón sacó una alpaca de peluche.

—Dormías abrazada a esto cuando eras bebé —susurró—. La lavé mil veces, pero nunca quise guardarla.

La tomé con las dos manos. La lana olía a lavanda. Nunca había tenido un juguete propio. Ni siquiera sabía bien qué hacer con él, salvo apretarlo contra el pecho.

Esa noche Catalina me bañó con extremo cuidado. Cuando levantó mi blusa y vio las cicatrices de la espalda, se quedó quieta unos segundos. No dijo nada. Solo siguió pasando la esponja, pero yo sentí gotas tibias cayendo sobre mis hombros. Eran sus lágrimas.

Mateo era distinto. Menos demostrativo, más silencioso. Pero cada gesto suyo llevaba una firmeza que me tranquilizaba. Revisaba mis vendas. Se levantaba de madrugada si yo tenía pesadillas. Me dejaba en la mesa tazones de caldo de pollo con arroz, pan dulce tibio y chocolate caliente. A veces me descubría mirándolo desde la puerta y entonces él sonreía de lado, como si quisiera decirme que no necesitaba apresurarme, que podía tardar lo que quisiera en confiar.

Sin embargo, el miedo seguía ahí. Durante esos siete días me comporté como alguien que roba felicidad ajena. Cada vez que Catalina me besaba la frente antes de dormir, pensaba: cuando descubran que no soy yo, me van a devolver. Cada vez que Mateo me llamaba “mi niña”, yo cerraba los puños debajo de la mesa para no ponerme a temblar.

En las noches soñaba con Ignacia jalándome del brazo. Soñaba con la puerta cerrándose otra vez. Despertaba empapada de sudor, abrazando a la alpaca. Entonces veía la luz tenue del pasillo y escuchaba los pasos de Catalina acercarse. Nunca preguntaba demasiado. Solo se sentaba a mi lado y me peinaba el cabello con los dedos hasta que volvía a dormirme.

El séptimo día llegó con un cielo limpio y una angustia insoportable.

Estábamos en la sala. Catalina tejía sin avanzar casi nada. Mateo fingía leer el periódico. Yo dibujaba círculos torcidos en una libreta nueva que me habían comprado. El teléfono sonó.

El mundo entero se detuvo.

Mateo se levantó despacio, como si caminar más rápido pudiera cambiar el resultado. Descolgó. Lo vi ponerse rígido. Dijo su nombre. Guardó silencio durante unos segundos interminables. Yo sentí que el corazón me golpeaba tan fuerte que me dolía el pecho.

Luego colgó.

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