—Espero que seas feliz con tu rico inválido —escupió con desprecio—. No olvides mandar dinero.
Antes de que pudiera responder, Rohan entró en la sala con determinación. Dejó un cheque sobre la mesa.
—Gracias por traer a Ananya a mi vida. Desde hoy no tiene ninguna obligación contigo.
Fue la primera vez que alguien me defendió sin pedir nada a cambio.
Mi madrastra se fue en silencio.
Los meses pasaron.
Rohan comenzó a usar un bastón. Cada día avanzaba un poco más.
Exploramos la biblioteca antigua, el pequeño altar en el jardín trasero, el invernadero lleno de bugambilias.
Plantamos rosales nuevos a lo largo del sendero. Les pusimos nombres: Esperanza, Valentía, Perdón, Confianza.
Una mañana desperté y la cama estaba vacía.
Corrí descalza hacia el jardín.
Ahí estaba él.
De pie, bajo el arco cubierto de jazmín, caminando solo.
El sol iluminaba su rostro con una luz dorada.
—Has sanado —susurré entre lágrimas.
Él abrió los brazos.
—Tú sanaste lo que de verdad estaba paralizado: mi corazón.
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