Diego alzó la mirada hacia la casa. Luces encendidas. Cortinas que se movían. Sombras tras el cristal.
Ya lo sabía.
Siempre lo había sabido.
Solo Camila se había negado a verlo. —Vamos —dijo con firmeza—. Te vas conmigo.
Ella vaciló.
Su mirada se posó en la puerta, aquel lugar que una vez llamó hogar, ahora nada más que una prisión.
—No tengo nada —susurró.
Diego apretó la mandíbula.
—Te tienes a ti misma.
Una pausa.
—Y con eso basta.
No llamó a la puerta.
No gritó.
No suplicó.
Camila simplemente se dio la vuelta…
Y caminó bajo la lluvia junto a él.
Dentro de la casa, Álvaro observaba.
Con los brazos cruzados.
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