Más silencio.
—¿Vendiste el collar de mi madre? —dije—. ¿El que me dijo que sería mío?
—Necesitábamos dinero para la luna de miel —respondió—. Estaba guardado en un cajón.
—Era suyo.
—¿De verdad importa ahora?
Colgué.
Dos días después, me encontré con Linda a la salida del supermercado. La rabia no espera a que la inviten.
—¿Valió la pena? —pregunté—. ¿Vender el collar de mi madre?
Se rió.
—¿Ah, esa cosa vieja? Necesitábamos dinero para la luna de miel. Estaba cogiendo polvo.
—No era solo un objeto —dije—. Era de mi madre.
—El sentimentalismo no paga las lunas de miel —respondió—. Madura.
Miró su reloj. —Nos vamos a Maui en dos horas. No tengo tiempo para el pasado.
Me quedé allí atónita, hasta que una mano suave me tocó el brazo.
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