"No es el momento".
"No", espeté. "Este es el momento".
Los ojos de Rachel se movían entre nosotros.
Parecía mayor de treinta y tres años, como si los años perdidos se hubieran grabado en su piel noche tras noche.
Una cicatriz le atravesaba la ceja izquierda, otra línea pálida le marcaba la mandíbula.
Se abrazó a sí misma como si aún viviera en un lugar frío.
—Tenía dieciséis años —susurró—. Me recogió del aparcamiento de la iglesia después del ensayo del coro. Me mostró su placa y dijo que había habido un accidente, que mamá me necesitaba en el centro.
Se le cortó la respiración.
—Le creí.
Noah se había detenido en las escaleras.
Lo había oído todo.
Debería haberlo echado.
No podía moverme.
Rachel seguía hablando, como si callar significara no volver a hablar jamás.
—Me tenía en distintos sitios. Cabañas, moteles, sótanos. Siempre de un lado para otro. Siempre diciendo que papá le ayudaba, que papá sabía dónde estaba, que nadie iba a venir.
Me giré lentamente hacia mi padre.
No lo negó con la suficiente rapidez.
Mi madre dejó escapar un grito de puro horror.
—Dile que miente, Daniel.
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