Cuando llegamos, la casa seguía igual. Demasiado igual. Y allí, sentada a su lado, estaba mi tía Laura, la hermana menor de mi madre.
Parecía tensa. Tenía las manos fuertemente entrelazadas en el regazo.
Sentí un nudo en el estómago.
Papá se aclaró la garganta. —Quiero ser sincero con ustedes dos.
Esa debió haber sido mi primera advertencia.
—He conocido a alguien —dijo—. No buscaba esto. Simplemente sucedió.
Robert frunció el ceño. —¿Qué estás diciendo?
Papá dudó. Luego lo dijo.
—Laura y yo estamos juntos.
La habitación pareció tambalearse. Esperé a que se riera. No lo hizo.
—Nos apoyamos mutuamente —dijo Laura rápidamente—. El dolor compartido puede provocar cosas extrañas.
Papá asintió. —La vida es corta. Perder a tu madre me lo demostró.
Esa frase me dolió más que ninguna otra.
Robert se levantó sin decir palabra y se marchó.
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