Todavía me dolía el tobillo mientras caminaba de vuelta al coche.
Pero el peso en mi pecho se sentía más ligero.
Cuando me senté al volante y sostení las llaves, comprendí algo.
No era solo un coche.
Era libertad.
Era elección.
Era dignidad.
Papá se inclinó hacia la ventana.
“Siempre puedes volver a casa”, dijo en voz baja. “Pero nunca te quedes en un lugar que apague tu luz”.
Mateo rió entre dientes en el asiento trasero.
Luis subió las escaleras en silencio a empacar.
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