Papá me quitó con cuidado la bolsa de la compra y abrió la puerta del copiloto.
“Sube”.
“Papá…”, comencé, con el pánico apretándome el pecho. Pánico por lo que diría Luis. Por lo que diría Rosa. Sobre cómo siempre se las arreglaban para hacerme sentir que cada problema era, de alguna manera, culpa mía.
Papá me interrumpió sin levantar la voz.
"Camila. Sube al coche. Lo arreglamos esta noche".
Algo en su tono, firme y seguro, me hizo un nudo en la garganta.
Aun así, dudé.
El miedo se convierte en hábito después de un tiempo.
Se acercó y bajó la voz para que solo yo pudiera oírlo.
"Hija, vas cojeando por la calle cargando a mi nieto porque alguien quiere que te sientas atrapada".
Me ardían los ojos.
"No quiero pelea".
Su expresión no se suavizó, pero su voz se suavizó un poco.
"Entonces no deberían haber empezado una".
Sujetó a Mateo con cuidado un momento para que pudiera subir al coche sin torcerme más el tobillo. Mateo lo miró y sonrió.
Papá lo aseguró en el asiento trasero con la concentración de quien ya había decidido que la siguiente hora importaba más que los sentimientos de nadie.
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