“Quédate aquí un momento”, dijo.
“No”, respondí, sorprendiéndome incluso a mí misma. “Si entras, yo también voy”.
Papá me miró, no como una niña, sino como una mujer que toma su propia decisión.
Asintió.
Me ayudó a salir del coche. Sentí un dolor punzante en el tobillo, pero me mantuve erguida.
Rosa abrió la puerta antes de que tocáramos. Siempre estaba mirando la calle.
Se quedó paralizada al vernos.
“Camila”, dijo bruscamente. “¿Qué haces aquí? ¿Y de quién es ese coche?”
Entonces vio a mi padre.
No vestía nada llamativo, solo su uniforme de trabajo polvoriento y sus botas gastadas.
Pero su forma de estar llenaba el umbral de la puerta.
“Buenas tardes”, dijo con calma. “Soy el padre de Camila”.
Rosa parpadeó.
“Bueno… qué sorpresa”.
Luis apareció detrás de ella.
“¿Qué pasa?”
Papá no levantó la voz.
No hacía falta.
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