“Mi vecina insistía en que veía a mi hija en casa durante el horario escolar

Lily no solo estaba robando. Estaba siendo entrenada, condicionada. Y la siguiente prueba, el siguiente paso en este macabro “Proyecto Crisálida”, era deshacerse de mí.

De repente, escuché el sonido inconfundible de la puerta principal abriéndose.

Me quedé helada en medio de la habitación, rodeada por las miles de caras de mi hija observándome desde las paredes.

—¿Hola? —llamó una voz masculina. Profunda. Calmada.

El vecino del 42 había vuelto.

Miré a mi alrededor buscando un escondite, pero esta habitación no tenía cama, ni armario. Solo el escritorio y las paredes acusadoras.

Los pasos se acercaban por el pasillo. Lentos. Metódicos. Sabía que alguien había entrado. Había visto la ventana, o la puerta forzada de la oficina.

No tenía salida.

Agarré el destornillador con tanta fuerza que mis nudillos se pusieron blancos. Si este hombre quería eliminarme, no se lo iba a poner fácil.

La figura apareció en el marco de la puerta. Era un hombre de unos cincuenta años, con gafas de montura metálica y aspecto inofensivo. El tipo de hombre que olvidarías cinco segundos después de verlo. Pero sus ojos… sus ojos eran dos pozos negros, carentes de cualquier emoción humana.

Me miró. Miró el destornillador en mi mano. Y luego sonrió, una sonrisa triste y cansada.

—Sra. Carter —dijo suavemente—. Llegas antes de lo previsto. Esperaba que Lily se encargara de esto antes de que tuvieras que ver… el trasfondo.

—¿Qué le ha hecho a mi hija? —gruñí, levantando el destornillador como una daga.

Él suspiró y se ajustó las gafas.

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