Miré el reloj. Eran las 10:15 a. m. Lily había dicho que se reunirían con el Comprador en una hora. Eso me daba tiempo.
Fui a mi habitación, saqué una vieja caja de herramientas del armario y cogí un destornillador y una linterna. Luego, bajé las escaleras, asegurándome de cerrar todo con llave.
Salí a la calle. El sol brillaba, los pájaros cantaban. El suburbio parecía tan idílico como siempre. La Sra. Greene estaba en su porche regando las petunias. Me vio salir y me saludó con la mano, pero esta vez noté la preocupación en sus ojos. Ella sabía algo. Quizás no todo, pero sabía que algo oscuro rondaba nuestra calle. Asentí levemente hacia ella, una promesa silenciosa de que me ocuparía del asunto, y giré hacia la izquierda.
Hacia la casa número 42.
La casa era idéntica a la mía en estructura, pero con las persianas bajadas y el césped un poco más descuidado. No había coche en la entrada. Si Lily tenía razón y el hombre vivía solo, probablemente estaba trabajando. O vigilando a otros niños.
Caminé hacia la puerta principal, toqué el timbre y esperé. Nada. Volví a tocar. Silencio.
Miré a mi alrededor para asegurarme de que nadie me observaba, salté la pequeña valla lateral y fui hacia la parte trasera. Una ventana de la cocina estaba entreabierta. “Entramos cuando no están, salimos sin dejar huellas”, había dicho Lily. La ironía de estar a punto de cometer un allanamiento para salvar a mi hija de ser una ladrona no se me escapó.
Forcé la mosquitera con el destornillador y empujé la ventana hacia arriba. Estaba dura, pero cedió. Me izé con dificultad y caí torpemente sobre el fregadero de la cocina ajena.
La casa olía a cerrado, a café rancio y a productos químicos, como los que se usan para revelar fotos.
Avancé por el pasillo. El salón era espartano. Muebles básicos, sin decoración, sin fotos familiares. Todo funcional. Como si quien viviera aquí estuviera listo para irse en cualquier momento.
Busqué la habitación que pudiera servir de oficina. La encontré al final del pasillo. La puerta estaba cerrada con llave, pero era una cerradura interior barata. Una patada fuerte cerca del pomo —algo que había visto en películas y nunca creí que funcionaría— hizo saltar el mecanismo con un chasquido de madera astillada.
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