—Sé que no quieres verme —dijo Lisa.
—Tienes razón.
—Hoy descubrí algo —dijo con voz temblorosa—. Y necesitas saberlo de mí antes de que Daniel lo tergiverse.
A Emily se le encogió el estómago. —¿Y ahora qué?
Lisa extendió la carpeta con manos temblorosas. —Puede que el bebé no sea suyo.
Emily no la invitó a entrar.
Salió al porche y tiró de la puerta.
Lisa cerró la puerta casi por completo tras ella, dejando solo visible un estrecho pasillo. El aire de marzo era frío, y Lisa estaba allí de pie sin abrigo, como si hubiera corrido antes de poder arrepentirse.
Emily se cruzó de brazos. —Tienes treinta segundos.
Lisa asintió, tragó saliva y le entregó la carpeta. Dentro había informes de laboratorio, resúmenes de citas y una conversación impresa de una clínica de fertilidad en Dayton. Emily repasó las páginas con el ceño fruncido.
—No entiendo.
Lisa habló rápidamente, como si intentara huir de su propia vergüenza. —Después de mi divorcio, congelé embriones. Aaron y yo llevábamos años intentándolo, y antes de que todo se derrumbara, hicimos un ciclo de FIV. Quedaba un embrión viable. Después del divorcio, mantuve el contrato de almacenamiento a mi nombre. En enero, yo… tomé una decisión imprudente.
Emily levantó la vista. —¿Qué decisión?
—Lo hice transferir.
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