Y esa chica de uniforme azul había metido basura en su templo de cristal. Apretó el asa de su maletín de cuero hasta que los nudillos se le pusieron blancos. El despido ya no era suficiente. Iba a demandarla. Iba a asegurarse de que Lucía Mendoza no volviera a conseguir un trabajo en toda la ciudad. La negligencia médica era un delito y él tenía los abogados para destruirla. Siguió avanzando por el pasillo principal que conectaba la cocina con el gran comedor de madera.
El olor a queso derretido y peperoni se hacía cada vez más intenso, casi ofensivo en medio de la decoración minimalista y los cuadros abstractos. De repente, un sonido rompió el silencio sepulcral de la mansión. Rodrigo se congeló a un metro de la puerta del comedor. Contuvo la respiración. Era una voz, pero no era la voz de Lucía disculpándose o hablando por teléfono. Era una risa, una carcajada sonora, vibrante y profunda, una risa que le heló la sangre en las venas, no por miedo, sino por una incredulidad absoluta.
hacía exactamente 5 años desde la muerte de su padre y el avance brutal del Alzheimer, que esa risa no resonaba en las paredes de esa casa, era la risa de su madre. Rodrigo dio un paso al frente y se asomó por el marco de la puerta del comedor oculto en las sombras del pasillo. Lo que vio lo dejó sin aliento, con la boca literalmente abierta, paralizado como si hubiera chocado contra un muro de concreto a 100 km porh.
La luz natural entraba a raudales por los inmensos ventanales del jardín, bañando la gran mesa de roble macizo con un tono cálido y dorado. Allí, en el centro de la escena estaba doña Inés. No estaba encorbada. No tenía la mirada vacía, ni el rostro gris y apático que Rodrigo llevaba meses viendo cada mañana. Estaba erguida en su silla con sus lentes perfectamente acomodados. Su blusa amarilla parecía brillar. Estaba sonriendo con una felicidad tan pura, tan lúcida, que parecía 10 años más joven.
A su lado, inclinada sobre la mesa con una calidez protectora, estaba Lucía. La joven llevaba su uniforme azul claro con bordes blancos, el cabello recogido en un moño impecable. No parecía una empleada rompiendo las reglas, parecía un ángel guardián. Sobre la mesa no había puré de verduras, no había jeringas con suplementos ni vasos medidores, había dos enormes cajas de cartón. Lucía sostenía una espátula plateada. Con un movimiento cuidadoso y lleno de cariño, estaba sirviendo una gigantesca rebanada de pizza de peperoni directamente en el plato de porcelana fina de Inés.
El queso fundido se estiraba en hilos perfectos, humeando bajo la luz del sol. “Con cuidado, mi niña, que quema”, decía Inés, riendo y frotándose las manos con anticipación, como una niña pequeña esperando un regalo. Estaba hablando. Inés, que llevaba semanas balbuceando sílabas incomprensibles, acababa de formular una frase completa con sentido y emoción. Sople un poquito, señora,”, respondió Lucía con voz dulce, acomodando el plato frente a ella, justo como le gustaba a don Roberto, ¿verdad? Con mucho queso y las orillas bien tostadas.
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