1. Resentimiento hacia el pasado
Muchos adultos mayores siguen aferrándose emocionalmente a discusiones que ocurrieron hace 20 o 30 años. Personas que los traicionaron, hijos que no resultaron como esperaban, oportunidades que nunca se materializaron. El problema es que el pasado no cambia, pero el resentimiento sí cambia el presente.
Quienes no se liberan del resentimiento envejecen con amargura. Cada recuerdo se convierte en una herida abierta y cada conversación en una queja. Liberarse no es olvidar: es dejar de permitir que ese recuerdo siga dominando la vida.
2. La necesidad de tener siempre la razón
Con los años, muchas personas se vuelven más rígidas en sus opiniones. Defienden su punto de vista como si su valía dependiera de ello. Esto crea conflictos con hijos, nietos y parejas. El deseo constante de tener la razón lleva al aislamiento. A veces, perder una discusión es ganar paz. En la vejez, la tranquilidad vale mucho más que demostrar quién tenía razón.
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