Esa noche, mientras las niñas del barrio daban vueltas en la nueva pista, alguien volvió a repetir la frase que empezó todo.
—No hay mexicana que me gane.
Pero esta vez no sonó arrogante.
Sonó distinto.
Sonó como recordatorio de que el talento no tiene código postal.
Y Valeria, sentada en las gradas con sus tenis todavía gastados —porque decidió no guardarlos— sonrió.
No porque hubiera probado algo.
Sino porque sabía que la siguiente campeona…
Podía estar corriendo ahí mismo.
Y quizá algún día diría lo mismo.
Pero lo diría sabiendo que siempre habrá alguien más rápido.
Y que eso no es amenaza.
Es inspiración.
Años después, cuando entrevistan a la campeona japonesa sobre la carrera que cambió su perspectiva, siempre menciona ese día.
No como el día que perdió.
Sino como el día que aprendió humildad.
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