No hay mexicana que me gane dijo la campeona japonesa… y la joven mexicana la dejó atrás en la pista…
A su lado, una chava de 19 años. Cabello recogido. Tenis gastados. Manos temblorosas sosteniendo una botella de agua.
Nadie le preguntó nada. Nadie volteó a verla.
El día de la carrera, el estadio estaba lleno. Yo estaba ahí con mi hermano. Él me dijo: “Va a perder. Esa japonesa es imparable.”
Las cámaras enfocaban a la campeona. Estiraba. Respiraba tranquila. Saludaba al público.
La mexicana estaba sola en su carril. Ajustándose las agujetas. Una. Dos veces. Tres.
Sonó el disparo.
Los primeros 100 metros, la japonesa iba adelante. Obvio. Como siempre.
Pero en la curva… algo cambió.
La mexicana empezó a cerrar distancia. Paso a paso. Sin esfuerzo aparente. Como si llevara algo guardado.
A los 300 metros, estaban parejas.
El estadio explotó.
Mi hermano se paró de su asiento. “No manches… ¿la va a alcanzar?”
Los últimos 50 metros… la mexicana la rebasó.
Limpiecito. Sin voltear. Sin celebrar.
Cruzó la meta medio segundo adelante.
La japonesa se quedó parada. Mirando el piso. Incrédula.
Pero lo que pasó después en la zona mixta… eso nadie lo vio venir.
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