No hay mexicana que me gane dijo la campeona japonesa… y la joven mexicana la dejó atrás en la pista…

 

En la zona mixta el ruido era distinto. Ya no era el estruendo del estadio, sino el murmullo eléctrico de los micrófonos rozando chaquetas, cámaras chocando entre sí y periodistas buscando la mejor frase para el titular.

La campeona japonesa llegó primero.

No lloraba. No gritaba. No reclamaba.

Estaba rígida. La mandíbula apretada. Los ojos fijos en un punto invisible.

Una reportera le acercó el micrófono:

—¿Qué pasó? Usted dijo que ninguna mexicana podría ganarle…

El silencio pesó como plomo.

La japonesa respiró hondo. Cerró los ojos un segundo. Y entonces, hizo algo que nadie esperaba.

Se inclinó ligeramente hacia el micrófono.

—Hoy… —dijo en un español cuidadoso pero claro— hoy me ganó la mejor atleta en la pista.

El murmullo cambió de tono.

No era excusa. No era diplomacia forzada. Era aceptación.

En ese momento apareció la mexicana.

Sudada. Respirando agitado. Con la bandera en los hombros. Todavía con los tenis gastados que nadie había notado antes.

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