En una cálida tarde, con el sol bajo sobre el Pacífico, el malecón de Puerto Vallarta bullía de vida. Los niños reían mientras corrían descalzos por las tablas. La música flotaba en el aire. Los turistas paseaban, ajenos a las silenciosas historias que se desarrollaban a su alrededor.
Para Elena, ese lugar jamás volvería a ser ordinario.
Ocho años antes, fue allí donde su mundo se hizo añicos. Su única hija, Sofía, había desaparecido en un instante. Diez años. Ojos brillantes. Vestida con un vestido amarillo bordado y el cabello cuidadosamente trenzado. Un segundo estaba allí, al siguiente, había desaparecido.
El tiempo no suavizó ese recuerdo. Lo agudizó.
El día en que todo cambió
Ese día había comenzado como tantas otras felices salidas familiares. La playa estaba tranquila, el agua apacible. Elena recordó haberse girado brevemente para ajustarse el sombrero, pensando ya en protector solar y algo para comer. Cuando volvió a mirarla, Sofía ya no estaba a su lado.
Al principio, Elena se dijo a sí misma que no había motivo para entrar en pánico. Los niños se escapan. Siguieron conchas, cometas, a otros niños. Pero pasaron los minutos. Y luego más.
Buscaron por todas partes. Preguntaron a desconocidos. Alertaron al personal de la playa. Anuncios resonaban por los altavoces, describiendo a una niña con un vestido amarillo. El corazón de Elena latía más rápido con cada llamada sin respuesta.
No obtuvieron respuesta.
Las autoridades registraron la costa. Voluntarios peinaron la arena. Las horas se convirtieron en días. No apareció ningún rastro. Ni un zapato. Ni su muñeca de tela favorita. Era como si Sofía simplemente se hubiera disuelto en el aire húmedo.
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