…pero Rhea no respondió de inmediato.

El joven auxiliar, que seguía junto a Rhea con una expresión mortificada, levantó una mano apenas.

—Capitán, yo… la señora de 3B dijo que había reservado ambos asientos, yo pensé que quizás era un ajuste de último minuto y…

—¿Verificó el manifiesto? —preguntó Markell sin mirarlo del todo.

—No, señor.

—¿Confirmó con cabina?

—No, señor.

—¿Entonces decidió por su cuenta mover a una pasajera con boleto válido en Primera Clase a la fila 22 porque otra pasajera chasqueó los dedos?

El auxiliar se puso rojo.

Rhea sintió una incomodidad vieja, amarga, casi física. No le gustaban las escenas. Menos las escenas hechas en su nombre. Durante años, la invisibilidad le había servido mejor que cualquier reparación pública. Pero esta vez ya no estaba en un teatro de guerra, ni en una base, ni en un quirófano militar donde el silencio era parte del precio. Estaba en un avión lleno de civiles que habían visto lo que había pasado y habían decidido que era más cómodo aceptar el abuso como parte del embarque.

Eso le molestó más que el asiento.

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