Mucho más.
La mujer de la chaqueta de diseñador, que seguía en la parte delantera, había empezado a girar el cuello desde su sitio para averiguar qué retenía al piloto en el pasillo. No podía oír todo, pero sí lo suficiente como para sentirse irritada de no controlar el ritmo.
—Capitán —dijo levantando la voz con una sonrisa preparada para sonar razonable—, ya quedó resuelto. No hace falta retrasar la salida por un malentendido.
Markell levantó la cabeza y entonces su rostro cambió del reconocimiento al hielo.
—Señora, lo que veo no es un malentendido. Veo a una pasajera con tarjeta de embarque válida desplazada de su asiento por comodidad ajena y con colaboración indebida de nuestra tripulación.
La sonrisa de la mujer se endureció.
—No fue por comodidad. Yo pago muchísimo dinero por este servicio y esperaba un entorno adecuado. Esa mujer claramente no…
Se detuvo.
Tal vez porque el piloto ya había dado dos pasos hacia ella.
Tal vez porque por primera vez alguien no estaba dispuesto a dejarla terminar una frase venenosa con perfume de lógica.
—No termine esa oración —dijo él.
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