Regresó por el mismo camino, con paso firme, sin vacilar en ningún momento. Cuando apareció en el pasillo cubierto de pétalos que conducía al altar, nadie notó la transformación que acababa de experimentar.
Para los invitados, Camila seguía siendo la novia perfecta: elegante, serena, una figura blanca enmarcada por luces doradas. Pero en su interior, ya no era la misma mujer que, minutos antes, estaba a punto de vivir un cuento de hadas.
Rafael la esperaba con una sonrisa ensayada. Camila sostuvo su mirada un segundo más de lo habitual. Por primera vez, no vio a un futuro esposo: vio a un hombre ansioso por cerrar un negocio.
Su padre, Eduardo Acevedo, le ofreció el brazo. Tenía 58 años y poseía esa mezcla de orgullo y ternura de quien lo había construido todo desde cero: una empresa de logística respetada en todo el occidente de México. Al tomar su brazo, susurró con emoción:
“Hija… este es uno de los días más felices de mi vida”.
Camila sonrió, con la expresión impasible.
—Yo también, papá —dije con una voz que no delataba nada.
No era el momento de romperle el corazón al hombre que más la había querido. Todavía no.
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