Ese mismo día, Marina activó sus contactos: compañeros de prácticas, bases de datos públicas, registros mercantiles. Lo que descubrió fue peor de lo que Camila había imaginado.
Rafael Bravo no era «un tipo ambicioso». Era un hombre con un historial de problemas financieros en varias ciudades: demandas por cobro de deudas, incumplimiento de contratos, préstamos informales, transacciones sospechosas. En total, la cifra era asombrosa.
Y había un patrón.
—Camila… —dijo Marina en voz baja—, el año pasado se comprometió con una chica de Aguascalientes. La boda se canceló días antes. Después desapareció. Igual que ahora: se acerca a familias adineradas, se gana su confianza y, cuando se enteran… huye.
A Camila se le heló la sangre. No era la excepción. Era la próxima víctima.
Esa noche, Rafael se movía por la casa como si siempre hubiera pertenecido allí. Pero su celular vibraba constantemente. Fue a contestar al pasillo, bajó la voz y caminó de un lado a otro.
No era el estrés típico de los recién casados. Era miedo.
Marina confirmó sus sospechas: algunos de los acreedores no eran bancos. Eran personas que no negociaban con paciencia.
Camila se acostó con una dolorosa certeza: no se trataba solo de una traición emocional o financiera. Su familia corría un riesgo real.
A partir de entonces, Camila se convirtió en actriz… pero en una peligrosa: de las que actúan con un propósito.
Para ver las instrucciones de cocción completas, ve a la página siguiente o haz clic en el botón Abrir (>) y no olvides COMPARTIRLO con tus amigos en Facebook.
