Frente a Rafael, ella era la esposa comprensiva. Lo escuchaba, lo validaba, lo hacía sentir poderoso. Y mientras él se relajaba, ella lo impulsaba suavemente a revelar su propia avaricia.
«Si te sientes presionado, cariño… dímelo», le decía. «Ahora somos un equipo».
Rafael reaccionó exactamente como ella esperaba. Se sinceró. Admitió «viejos compromisos», «asuntos pendientes», «cosas que no pueden esperar más». Sus palabras estaban llenas de una urgencia disimulada.
Camila dio el primer paso: le transfirió una cantidad moderada «para que pudiera respirar». No era un rescate: era un cebo.
Rafael apenas podía disimular su alivio. La gratitud era desbordante, el afecto repentino, teatral.
La intuición de Camila se confirmó: estaba acorralado. Y las personas acorraladas toman decisiones precipitadas.
Luego vinieron las insinuaciones.
—Si tu padre me dejara firmar ciertos papeles… cosas sin importancia —dijo Rafael—, sería más eficiente. Es por el futuro de la familia.
Camila fingió pensarlo.
—Hablaré con él —respondió con calma.
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