El polvo seco del camino se me metía en la nariz y la garganta, recordándome el sabor de mi tierra natal: San Miguel del Llano, Oaxaca. Bajé de un autobús de segunda clase con una vieja mochila al hombro —de esas que usan los estudiantes de preparatoria— y unos vaqueros desgastados por el tiempo, deshilachados en las costuras y desgastados en las rodillas.
Mis botas de trabajo, marcadas por el cemento y la grasa, resonaban contra el pavimento caliente de la terminal. Para cualquiera que me observara, yo era la viva imagen del fracaso.
Miguel Ángel Cruz, el chico del pueblo que se fue hace veinte años para "hacerse rico" y regresó como si la vida lo hubiera devorado, escupido y deportado.
La gente me miraba con una mezcla de lástima y desprecio, el que se reserva para quienes no lo logran.
Pobre diablo, decían sus ojos. Probablemente lo perdió todo por malos hábitos y regresó a mendigar.
No los culpaba. Mi apariencia era el disfraz perfecto: mi armadura de mendigo.
Pero lo que nadie en esa terminal sabía, ni siquiera mi familia, era la verdad: mi apariencia era intencional.
Sí, tenía las manos vacías y llenas de callos.
Sí, mi ropa olía a un viaje largo y barato.
Pero en el bolsillo interior de mi chaqueta —el de la cremallera oculta, cerca de mi corazón— llevaba un sobre manila doblado en cuatro.
Dentro no había cartas de amor ni fotos antiguas.
Dentro había un cheque de caja de un banco de Texas, a mi nombre, por la venta de mi empresa de viveros y paisajismo: Cruz Green Landscaping.
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