Mis viejas botas están enmarcadas en mi oficina.
Un recordatorio de que la humildad es una virtud,
pero aceptar la humillación es un error.
A veces, cuando conozco a empresarios adinerados, me pongo esas botas a propósito. Revelan quién te respeta… y quién te desprecia.
Son mi filtro contra la gente falsa.
Y siempre termino diciendo:
El dinero pasa por tus manos.
La dignidad se queda.
Y cuando regresas sin nada, descubres quién te ama de verdad.
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