Regresé de Estados Unidos fingiendo que no tenía nada; mi propia familia me cerró la puerta sin siquiera revisar mis bolsillos.

Mis viejas botas están enmarcadas en mi oficina.
Un recordatorio de que la humildad es una virtud,
pero aceptar la humillación es un error.

A veces, cuando conozco a empresarios adinerados, me pongo esas botas a propósito. Revelan quién te respeta… y quién te desprecia.

Son mi filtro contra la gente falsa.

Y siempre termino diciendo:

El dinero pasa por tus manos.
La dignidad se queda.
Y cuando regresas sin nada, descubres quién te ama de verdad.

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