Juan se dejó caer en una silla como si le hubieran quitado los huesos.
—Mamá… ¿por qué?
Ah, esa palabra. Por qué. Como si veinte años no fueran respuesta suficiente. Como si el cuerpo no hablara, como si el silencio de una madre no pesara, como si el cansancio de una mujer no dejara huellas en las paredes. Lo miré y comprendí, con una lucidez fría, que él de verdad no sabía. O no quería saber. Tal vez para los hijos es más fácil creer que las madres aguantan porque sí, porque nacieron para eso, porque no sienten, porque no se rompen.
—Siéntense —dije—. Ya es hora de que escuchen la historia completa.
Camila abrió la boca para protestar, pero Juan levantó una mano. Se sentaron. Los niños se quedaron quietos, sorprendidos por ese tono que nunca me habían oído usar. Afuera, el sol de la tarde bañaba las rejas de la casa que yo había comprado con dos décadas de amaneceres oliendo a cebolla, grasa y tortilla caliente.
Y entonces empecé.
Tenía veinticinco años cuando me quedé viuda.
A los veinticinco una todavía cree que el mundo se puede convencer con amor. Una todavía piensa que los planes, si se hablan en voz alta, se vuelven destino. Roberto y yo teníamos poco, pero teníamos ganas. Vivíamos en una casa rentada con goteras en la colonia Independencia, en Monterrey. Él trabajaba en construcción y yo hacía tortillas a mano para vender a vecinas y completar el gasto. Nuestro hijo, Juan, tenía cinco años y unos ojos enormes que parecían absorber toda la luz del cuarto.
Yo pensaba que estábamos en el principio de algo. Nunca imaginé que en realidad ya estábamos en el final.
A Roberto lo mató una mezcla de prisas, negligencia y mala suerte. Se cayó de un tercer piso en una obra donde no habían puesto barandales. Cuando me dieron la noticia, yo estaba lavando ropa en una batea azul. Recuerdo que me limpié las manos en el delantal antes de abrir la puerta, como si la tragedia exigiera decencia. Recuerdo el casco sucio que me entregaron, la voz del ingeniero diciendo “lo siento mucho”, y recuerdo también algo que me avergüenza hasta hoy: mi primer pensamiento no fue el dolor. Fue el miedo.
¿Cómo iba a darle de comer a mi hijo?
Lloré esa noche, claro que sí. Grité enterrando la cara en la almohada para que Juan no me oyera. Pero al día siguiente me levanté porque había que hacerlo. Nadie vino a salvarnos. La dueña de la casa me dio dos semanas para pagar la renta atrasada. Mi suegra dijo que rezaría por nosotros. Una vecina me llevó caldo. Otra me dejó frijoles. La solidaridad dura poco cuando la pobreza es larga.
Yo no tenía estudios. No tenía oficio formal. No tenía coche. No tenía esposo. Tenía un comal, dos manos y un niño que me miraba esperando respuestas.
Empecé vendiendo tacos de guisado en una esquina cerca del mercado. Los primeros días fueron una vergüenza que me quemaba la cara. Yo, Guadalupe Hernández Rivera, hija de una mujer orgullosa, parada desde antes del amanecer frente a una mesa de plástico, gritando ofertas a desconocidos. Pero el hambre le gana a la pena. Cocinaba chicharrón en salsa verde, huevo con papas, deshebrada, frijoles refritos y, cuando había suerte, carnita en chile rojo. A las cuatro de la mañana ya estaba de pie. A las cinco tenía prendido el anafre. A las seis llegaban los primeros obreros.
Vendía poco. Luego más. Luego suficiente.
Así pasaron los años.
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