—¿Con qué dinero? ¿Y para qué gastar si la solución está clarísima?
No oí que él preguntara cuál. No hizo falta. A veces el horror se anuncia solo por el cambio en la respiración de quienes lo piensan.
—Tu mamá ya está grande, Juan. Esto va a empeorar. Necesita cuidados. Un lugar especializado.
—¿Un asilo?
—Una residencia, como quieras llamarle. Ahí la cuidan y nosotros dejamos de vivir al borde del colapso.
Mi corazón empezó a latir tan fuerte que pensé que me descubrirían.
Entonces vino la frase que terminó de matarme por dentro.
—Y además —continuó Camila—, la casa. Está a su nombre, sí. Pero tú eres su hijo. Algo se puede hacer legalmente. Si vendemos la casa, con una parte pagamos su residencia y con lo demás damos el enganche para algo nuestro.
Hubo otro silencio. Más largo. Más helado.
Yo esperaba, todavía esperaba, que Juan dijera que estaba loca. Que la callara. Que defendiera aunque fuera un recuerdo de la mujer que lo había alimentado con las manos partidas. Pero no.
Solo dijo, pensativo:
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