Me internaron cinco días. La primera tarde Juan fue a verme. Estuvo poco. Habló de los niños, del trabajo, del tráfico. No preguntó casi nada sobre mí. La segunda tarde no vino. La tercera tampoco. Yo me dije que estaban ocupados, que Monterrey es grande, que la vida aprieta. Todavía entonces seguía maquillando la realidad.
La cuarta tarde, ya casi anocheciendo, oí voces conocidas en el pasillo. Era Juan. Era Camila. Sonreí sola, ridícula, aliviada como una niña. Creí que por fin venían a quedarse un rato. Creí que quizá el susto los había hecho reaccionar. Creí muchas cosas.
No me vieron despierta. La puerta estaba apenas entreabierta y yo permanecí quieta cuando los oí detenerse afuera.
—No entiendo por qué tenemos que venir otra vez —dijo Camila en voz baja, con ese tono áspero que usaba cuando algo le estorbaba—. Las enfermeras la cuidan.
—Es mi mamá —respondió Juan, también bajo, nervioso.
—Sí, pero ¿y cuando salga? El doctor dijo que necesita un mes de reposo. ¿Quién va a hacer todo? Yo no puedo faltar más. Tú tampoco.
Hubo un silencio.
—Tendremos que contratar a alguien —dijo él.
Camila soltó una risa seca.
Para ver las instrucciones de cocción completas, ve a la página siguiente o haz clic en el botón Abrir (>) y no olvides COMPARTIRLO con tus amigos en Facebook.
