Cuando Juan conoció a Camila, yo me alegré.
Era bonita, bien arreglada, educada al principio. Sabía sonreír con los labios cerrados, tenía modales de muchacha criada para recibir invitados y sabía decir “señora Lupita” con una dulzura que a mí me pareció sincera. Trabajaba en una oficina, usaba blusas elegantes, traía las uñas impecables y un perfume fino que se quedaba flotando en el pasillo mucho después de que ella se había ido.
Mi hijo estaba enamorado. ¿Qué iba a hacer yo, sino alegrarme?
Pagué la mitad de la boda.
No fue un sacrificio pequeño, pero lo hice con gusto. Compré el vestido de la virgen para la iglesia, ayudé con el banquete, presté joyitas heredadas de mi madre. Esa noche, al verlos bailar, me dije que por fin me tocaba descansar un poco. Que Juan ya era profesionista, tenía trabajo, una mujer. Que ahora sí vendrían los años tranquilos. Me imaginaba visitándolos, llevando tupper con mole, consintiendo futuros nietos, regresando luego a mi casa silenciosa, a mi cama, a mis horarios. Me imaginaba una vejez modesta, pero digna.
La vida se rió en mi cara.
Cuando nació Sebastián, fui la mujer más feliz del mundo. Y cuando, meses después, Juan llegó a proponerme que se mudaran conmigo porque el departamento donde vivían era muy pequeño para el bebé, dije que sí sin pensarlo. Todavía me avergüenza recordar lo rápido que acepté. Lo hice por amor, sí, pero también por miedo a quedarme sola. La soledad es un animal raro: uno cree que la domina hasta que le respira cerca.
—Solo en lo que nos acomodamos, mamá —me dijo Juan.
Yo asentí.
Para ver las instrucciones de cocción completas, ve a la página siguiente o haz clic en el botón Abrir (>) y no olvides COMPARTIRLO con tus amigos en Facebook.
